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Santa Rosa de Santa Maria


Durante su paso por la tierra, como también en los tres siglos que van corridos desde su ingreso en la Gloria, intercedió por su pueblo en las repetidas epidemias y frecuentes terremotos que han afligido a este vecindario, son especialmente de imborrable recuerdo las dos ocasiones en que Lima ha escapado de segura y total destrucción, no ya por irrupciones terrestres o descomposiciones atmosféricas, sino por la propia mano del hombre: en 1615, cuando una fuerte expedición de merodeo holandesa se presentó en las aguas del Callao, y en 1881, cuando el ejército de Chile vino con iguales o peores propósitos hasta esta capital..

Milagro declarado el primer caso, realizado dos años antes de su muerte y por el que, para perpetua memoria, se pinta a Rosa con un ancla delante; es el segundo el que aquí vamos ahora a consignar.
Con caracteres indelebles, escrito está, desde que estalló la guerra del Pacifico, que el ideal supremo acariciado por el enemigo de nuestra patria era la ocupación a saco de la ciudad de los Reyes en donde siempre se dijo – y era verdad inconcusa- que había extraordinaria riquezas y mujeres bellísimas. -¡A Lima!..... ¡¡A Lima!! Era el grito diario de la prensa adversa. “La que fue opulenta Ciudad de los Reyes y no es hoy más que cueva de bandoleros (?)

 

verá dentro de sus muros a los soldados chilenos que semejantes a una avalancha devastadora destruirán en minutos ese carcomido edificio de la ciudad”. Decía esto uno de los importantes órganos – “La Patria”, de Valparaíso, (enero 31 de 1880) Y “El independiente”, de Santiago, agregaba: “!A Lima, a Lima! Para dar el golpe de muerte a esa serpiente y firmar en el Palacio de los Virreyes el tratado de paz que nos dé, como reparación e indemnización de guerra, la costa del Pacífico hasta el grado 19. ¡A Lima! En fin para satisfacer el anhelo vehemente de nuestros soldados..........” ya, “El Ferrocarril”, de Santiago, (18 de septiembre) se explicaba con un poquito más de ese anhelo vehemente y decía; “La única respuesta que el gobierno de Chile debe dar a su pueblo, es encomendar a la escuadra la destrucción de toda la costa del Perú, y al ejército la toma de Lima a sangre y fuego”.

 

Creemos que con esta pequeñez de datos, demostrado está que, ante la inconcebible debilidad en que la guerra nos sorprendiera, Lima, la tierra de Santa Rosa, iba a ser no solo ocupada, invadida, vencida, lo que era de esperarse por su situación de imposible defensa, sino lo que es más y gravísimo: iba a ser destruida, ahogada su

sociedad en lagos de sangre y...... presa de mil horrores de los soldados sin freno!
Pero, mientras el invasor se prestaba a hacer víctimas inocentes y hollar leyes y principios de todo linaje, nuestras damas invocaban a la santa de sus amores y esperanzas que no permitiera tanta crueldad en este suelo bendito que es el pedestal hermoso y gigantesco de su gloria eterna.

-¿Será posible, Rosa divina que en este lance, el más terrible de cuantos puede sufrir la humana especie, nos dejes de tu benigna mano, nos abandones?...
En las calles, en los templos, en el seno de las familias, no oíamos sino estos clamores. Y si es cierto que atribuíamos la guerra a un castigo de lo Alto, por nuestros delitos que habían colocado a la patria en tan amargo trance, no lo es menos que la fe hacía comprender, palmariamente, que Rosa, estrella radiante de virginidad y belleza que ilumina el mundo, habría de interceder por la atenuación de la pena. Y Lima no llegaría a ser, como no lo será nunca, ultrajada, vilipendiada, derruida en la forma espantosa con que viejos entusiasmos amenazábanla.
El momento de palparse el gran milagro de Rosa ha llegado.

Un ejército de cerca de 30,000 hombres provistos de los más modernos elementos de combate y amparados por una escuadra mas fuerte, desembarca y se aproxima a la capital. Los peruanos aquí avecindados salimos al campo de batalla al encuentro feliz de la muerte; feliz sí, para no asistir a la horrorosa tragedia que se acercaba.

 
Las señoras y niñas, pálidas de terror y ofreciendo comuniones diarias, permanecían por horas en los templos y capillas. Sin embargo, los representantes de países amigos tuvieron la gentileza de recibir en sus locales a muchas familias; y como en la bahía del Callao hallabanse varios buques de guerra neutrales, también alojáronse en ello algunas señoras.
Uno de los centros donde acudió el mayor número de personas, fue el colegio de Belén.
El Comandante general de la escuadra de Francia en el Pacífico era a la sazón el contralmirante du Petit Thouars, todo un caballero, todo un valiente y todo un católico sincero. Ese distinguido marino, desde que visitó el Callao por primera vez, a mediados de 1880, mereció la amistad de la superiora de Belén, la madre Hermasia durante su estadía en el puerto, venía los domingos a oír misa en aquella capilla, y algunas veces comulgaba allí.
El almirante francés refería que desde niño había sido fiel devoto de Santa Rosa. Dos meses antes del desembarco por estas inmediaciones, del ejército enemigo, el almirante du Petit Thouars se trasladó a Valparaíso, en cumplimiento de su deber
En ese puerto pudo orientarse mejor de las cosas y observar. Su preocupación por la suerte de Lima era constante, y la imagen de Rosa, grabada la llevaba en las pupilas.
En víspera de la gran batalla y cuando nada parecía evitar la horrenda tempestad, dibujóse en la mañana del 10 de enero la silueta del navío de guerra “Victorìeuse”


ostentando la insignia del almirante francés, y a poco de eso tomaba fondeadero, con manifiesto regocijo por parte de los que desde tierra veíanle maniobrar.
Sin demora, Monsieur Bregase du Petit Thouars fue a Lima impulsado por el recuerdo de Santa Rosa, y dijo a la superiora de Belén: “Madre, vengo a salvarlos, a salvar este centro, esta ciudad, esta tierra que tanto amo, he salido de Valparaíso.
impulsado por no sé qué presentimiento no dormía, no tenía quietud para nada. El recuerdo de Lima, de Belén, ¡EL NOMBRE DE ROSA! Se presentaban sin cesar a mi imaginación, la una, las dos de la mañana y cada vez era mayor mi sobresalto: me levanto........ doy orden de encender la máquina y de tomar rumbo al Callao...... mi turbación cesó entonces y aquí estoy dispuesto a lo que venga.
El Almirante du Petit Thouars por derecho de antigüedad tenía el mando de la escuadra neutral; cuando se entrevistó con el ejército chileno le advirtió si demostraban tanta hostilidad en la capital los hundiría en breves minutos sus buques que se hallaban en el Callao; pero estos se excusaron diciendo: “que un ejercito victorioso no podía ser inducido fácilmente al orden” pero el almirante du Petit Thouars cortó violentamente la entrevista y se dirigió al Callao e imponerse con los hechos, el mismo día 15 dirigió una tarjeta a la Madre Hermasia y le decía: “los chilenos quieren saquear y quemar Lima. Pero aquí estoy yo y sabré defenderla.....” ¡Bendito sea Dios que nos mandó tan piadoso marino que nos salvó por medio de Rosa de tan terrible aprieto.
El 13 fue la primera batalla y el 15 la segunda y final; quedando el paso a Lima expedito y franco al enemigo.
Pero no avanzó una línea de Miraflores, Rosa había triunfado. El 17 en la tarde, el ejercito enemigo ocupó silenciosamente la ciudad. No se oyó una sola voz, ni una nota de alegría. Y por algunos apartados barrios, ni siquiera se tenía noticia del hecho.