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Santa Rosa de Santa Maria

LA ERMITA DE QUIVI

Para conmemorar cristianamente el triunfo de Ayacucho, el 9 de diciembre del año en curso, tuvo el inteligente periodista Julio Hernández, la feliz idea, lanzada en su diario, de reconstruir la ermita del pueblo de Quivi, en la vecina provincia de Canta y en donde fue confirmada ocasionalmente, por Santo Toribio, en 1597, nuestra paisana Santa Rosa; siendo su padrino el Cura de esa doctrina Don Francisco González.

Consultado el punto con el Revdmo. Arzobispo Monseñor Lisson, cuya actividad para todo lo que se relaciona con el prestigio y decoro de la Iglesia es notoria, se resolvió llevar adelante el propósito. Sabido es que, cuando Santo Toribio regresaba de imponer el sacramento a Rosa, unos muchachos se burlaron de él, y agregado esto a la triste circunstancia de no haber encontrado allí nuestro amado metropolitano, en su visita pastoral, sino a tres familias cristianas, habiendo más de tres mil habitantes – lo cual le arrancó lágrimas de dolor – dice la tradición, que Su Ilustrísima, volviéndose hacia los que le ultrajaban, exclamó:

¡Desgraciados! ¡no pasaréis de tres!
Y es lo cierto que ese pueblo, entonces próspero, por ser centro de negociaciones mineras e industriales de importancia, comenzó a decaer, hasta el extremo de no poder establecerse, pobremente, más de tres familias que Santo Toribio señalara.
El 31 de agosto se llevó a cabo una entusiasta romería a Quivi, presidida por nuestro ilustre Prelado y a la que concurrieron, desde Lima, cerca de dos mil personas. Allí reunidas con los numerosos pobladores de aquellos lugares, se encaminaron a la derruida ermita, pasando por arcos triunfales engalanados con flores – cadenetas y banderas peruanas. Las campanas de la iglesia de Yangas, que al llegar la comitiva se echaron a vuelo, fueron trasladadas a la ermita en construcción; descubriéndose en medio de un entusiasmo, que una de ellas había pertenecido a la vieja capilla, según lo denota la inscripción que tiene grabada: “SANTA ROSA DE QUIVI”-

El Revdmo. Sr. Arzobispo, ayudado por varios religiosos realizó la ceremonia del exorcismo, y luego administró los sacramentos del bautismo, el matrimonio y la confirmación a muchos vecinos; terminado el acto imponente con una gran procesión en la que los peregrinos se disputaban la dicha de cargar las andas de Rosa hasta la pequeña casa que ocupó en donde el R. P. Francisco Aramburu, franciscano descalzo, infatigable en el ejercicio de su sagrado ministerio, conmovió a los fieles con sus palabras henchida de piadoso fervor.
En aquel histórico sitio, Santo Toribio dio sacramentalmente el nombre de ROSA a nuestra santa; pues en la pila bautismal le pusieron el de su señora abuela materna, Isabel. Y como su dicha abuela se encontraba presente en el instante de la confirmación, se opuso a que le cambiaran el nombre a la niña como sus padres lo habían solicitado. Pero Santo Toribio expresó que él tenía ya resuelto el punto, porque a nadie le venía mejor el nombre de ROSA, en la tierra, que a esa criatura angelical.

Y así quedó confirmada.
       

 

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